Porque tú
podías volar más alto que nadie, y yo nunca dejaba de correr. Siempre envidié
la libertad con la que tus dedos entrelazaban las nubes, incluso como las
apartabas para poder ver el sol. Yo quería hacerme un hueco en el silencio de
tus palabras, porque solías callar, cuando más importaba.
Y reconocí
tu voz, en la forma en que los árboles temblaban con el viento, el roce de tus
dedos, tan frío como el invierno.
Así me hacías fuerte, ¿Verdad?
Congelándome
por dentro. Porque aprendiste como arder de madrugada, pintándome sueños en los
huesos, para dormir tan lejos, que apenas podíamos oírnos. Y decías, con la
verdad más despiadada, que yo, era más que mis cicatrices, esas que cosías con
tinta y papel.
Y puede que todos mis sueños no salven tus miedos.
Háblame, de
lo que significa para ti el silencio, de lo que buscas entre la piel, y a dónde
vas cuando ni siquiera yo puedo verte. Porque donde tú podías volar y yo quería
viajar, entre tus dedos, al fin del mundo.
Conviérteme
en un secreto, de los que tiemblan, porque aun tienen tanto por vivir. Éramos
tan valientes, que le mordíamos el alma a la vida, y aun nos quedaba aliento,
para imaginar mil mundos más.
¿A dónde ir?
Si no es contigo.
Nunca seremos recuerdo. ¿Verdad?
Que si
palidece la memoria, perderé el color de tus estrellas, y ya no entenderé, que
tus ojos eran tu historia, que en cada herida me susurrabas una verdad.
Que en ellas, fuimos
tan reales y tan frágiles como el humo.
