Ella solía cantar con una tristeza
que no era suya.
Que era mía.

Que estaba oculta,
y ascendía como el humo.

Solía escribir nuestra historia en el aire,
y desgastados, la escuchábamos desaparecer.

Debimos vivir por tantas cosas,
en vez de sentirnos tan vacíos.

Porque teníamos fuego, piel y huesos.
Y una voz para gritar.





Y me dediqué a acariciar cada uno de los pliegues de tu piel. Eran tantos, tan profundos, sabía que se acababa el tiempo, y preferí arañarte.

Nunca me dijiste que parara. Me lo pediste más fuerte, más profundo.
Te escribí en los huesos cuanto te quería en aquel momento, te susurré en los oídos, que no sería para siempre.

Pero te derretiste en mi boca, con la voz me ataste las manos. Pudiste destruirme con los dientes, pero cerraste los ojos, fumaste entre mis sábanas, me convertiste en humo.

Al volver, yo era la piel y tú eras el alma.

Estaba vacío.

De todas las formas en las que pude marcharme, decidí hacerlo con un estallido, y una tormenta en tu techo plagado de estrellas. Digeriste mi rabia, escribiste en las sábanas que tú y yo éramos el fin del mundo. ¿Del tuyo? ¿Del mío?


Al final, pedazos. Y le rezabas al silencio por un segundo más de inocencia destrozada. Cuando tú no merecías piedad, siendo el único castigo que necesitaban mis secretos.

Sacamos nuestros demonios a jugar, pusimos los ángeles a dormir. Con ácido en las venas, soñaban con colores en el aire.

Teníamos mil y una formas de vivir. Teníamos mil y una formas de querer. Teníamos mil y una formas de destruir.


Y elegimos la piel.




Me desperté enredado
entre tus entrañas y tu piel.
Escribiendo poesía
en cada uno de tus huesos.


Los días de invierno,
caían mientras dormías,
cegándote.
Y yo, tan tuyo,
esperaba a la primavera,
para escapar de tu frío.


Volé a la deriva de tus pensamientos,
cuando tus pestañas fueron mis alas.





Te vi corriendo por el infinito,
Dejando la piel sobre la almohada,
Para ser libre entre las estrellas.