Y me dediqué a acariciar cada uno de los pliegues de tu
piel. Eran tantos, tan profundos, sabía que se acababa el tiempo, y preferí
arañarte.
Nunca me dijiste que parara. Me lo pediste más fuerte, más
profundo.
Te escribí en los huesos cuanto te quería en aquel momento, te susurré en los
oídos, que no sería para siempre.
Pero te derretiste en mi boca, con la voz me
ataste las manos. Pudiste destruirme con los dientes, pero cerraste los ojos,
fumaste entre mis sábanas, me convertiste en humo.
Al volver, yo era la piel y tú eras el alma.
Estaba vacío.
De todas las formas en las que pude marcharme, decidí hacerlo con un estallido,
y una tormenta en tu techo plagado de estrellas. Digeriste mi rabia, escribiste
en las sábanas que tú y yo éramos el fin del mundo. ¿Del tuyo? ¿Del mío?
Al final, pedazos. Y le rezabas al silencio por un segundo
más de inocencia destrozada. Cuando tú no merecías piedad, siendo el único
castigo que necesitaban mis secretos.
Sacamos nuestros demonios a jugar,
pusimos los ángeles a dormir. Con ácido en las venas, soñaban con colores en el
aire.
Teníamos mil y una formas de vivir. Teníamos mil y una
formas de querer. Teníamos mil y una formas de destruir.
Y elegimos la piel.