Ella solía cantar con una tristeza
que no era suya.
Que era mía.
Que estaba oculta,
y ascendía como el humo.
Solía escribir nuestra historia en el aire,
y desgastados, la escuchábamos desaparecer.
Debimos vivir por tantas cosas,
en vez de sentirnos tan vacíos.
Porque teníamos fuego, piel y huesos.
Y una voz para gritar.

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